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ARTÍCULOS - ¿Dónde vas Zarzuela mía; dónde vas triste de ti?

 

Podría parecer, si echamos una somera mirada a la cartelera, o por el título que encabeza esta reflexión, que me mueve el pesimismo hacia el estado de salud del género lírico español. Pero no me quiero dejar llevar por esta sensación, a veces demasiado acuciante, de que algo huele a podrido en el corazón de este género (y no diré tan nuestro, sino tan del patrimonio del teatro musical universal).


Lo primero que se me hace necesario es distinguir esas "dos zarzuelas" que como las dos Españas, transcurren paralelas pero sin apenas tocarse. Son, a saber, el mundo de las compañías privadas, que como una especie en vías de extinción, intentan exhalar su canto de cisne de la forma menos decadente posible; y los teatros dependientes de instituciones nacionales, regionales o municipales, que a vista del público (y del profesional) no terminan de definir una línea de actuación, artística y administrativa, coherente.

Así nos encontramos con situaciones en las que una capital, a través de su ayuntamiento, sufraga los gastos de una única actuación de zarzuela en una plaza pública, que ascienden a la cantidad de un millón de euros, a la vez que abandona la programación de "su" teatro aduciendo reajustes presupuestarios. Cambio de programación que obviamente afecta a los títulos de género lírico.


Y mientras las compañías privadas deben recoger las migajas que algún secretario o concejal todavía cree que se deben destinar a tal fin, llegando a competir (no siempre de forma leal) por alcanzar una migaja mayor que otra.


Esto ocurre en mayor o menor medida en todos los ayuntamientos y comunidades autónomas (todos los que hacen algún caso del género) La indefensión de la exigua compañía privada se hace cada vez más patente. Si bien es cierto que el mercado y las preferencias del público han cambiado, especialmente en los últimos 25 años, tampoco podemos obviar que la administración ha jugado a competir de forma avasalladora con el empresario, pero sin terminar de ocuparse o preocuparse del estado y de la oferta del género. Estas dos circunstancias son las que, a mi modo de ver, más condicionan el desarrollo de la zarzuela como industria y arte, de forma pública y privada alternativamente. ¿Es esto posible? No hace falta más que echar una ojeada a los países con géneros similares para constatar que, hasta en esto, hemos de ser diferentes.







¿Cómo podría convivir la producción pública con la privada? 

En principio, la producción pública no tiene que depender de una venta de entradas en taquilla, con lo que la rentabilidad se debe reducir al plano artístico. Pero lo paradójico es que no es así. Como ya apuntaba, las administraciones públicas tienden a producir espectáculos de manera puntual, en temporadas de reducida duración y generalmente de gran costo financiero, que no llegan a apreciar ni una mínima parte de los contribuyentes que deberían poder hacerlo. Y lo más perjudicial es que esas exiguas actuaciones suelen cerrar el paso a un desarrollo del empresario privado, que no puede competir con los presupuestos nacionales-regionales-municipales en la presentación de la producción pero que podría ofrecer actuaciones en ciudades y pueblos donde las costosísimas y complicadas producciones estatales no suelen llegar.

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Por otra parte podemos analizar el nivel artístico que ofrecen las compañías. Mientras las privadas han ido decantándose hacia un purismo, más nostálgico y económico que verdaderamente nacido de la ortodoxia, las producciones públicas suelen apostar por directores que arriesguen la estética y rompan la comodidad del público, mostrando el lado más teatral y moderno de la lírica. No voy a entrar en consideraciones estéticas, de momento pero es un hecho que gran parte del público, huye de esos decorados de papel que han sido "marca de la casa" de las representaciones de zarzuela, los ademanes atávicos, las coreografías y evoluciones repetidas hasta el infinito, desde hace 40, 50 ó 70 años, y todo lo que no ha evolucionado, teatralmente hablando en esa forma de hacer la zarzuela, anquilosada en la estética y aún en los medios técnicos, de una supuesta época dorada, pero en cualquier caso, muy lejana en el tiempo. Y no olvidaré, que otra parte de la audiencia, reniega de los cambios que pueda hacerse a este género, tachando de abominación, las variaciones de época, tan del gusto de los nuevos directores, o la introducción de nuevas tecnologías multimedia, o el minimalismo conceptual de determinadas escenografías, o el simbolismo; tachado todo de "modernidades" que no tiene que ver con la zarzuela "de toda la vida".

 


¿Quién tiene la razón? ¿Debe la zarzuela conservarse tal y como la concibieron sus autores? ¿O debe sumergirse en la evolución y la novedad?

Hermoso debate para los que amamos el género, pero sea cual sea la respuesta, un primer síntoma de salud de la zarzuela es que hubiera muchas representaciones que comparar. Que hablásemos de qué "Dolorosa" nos ha gustado más, si la de P o la de R o la de M. O si la escenografía de "Bohemios" es mejor en la compañía X que en la Y o que en la Z. Esto nos da un indicio de que, seguramente, la oferta debería ser variada, o no repetitiva. Y variada no sólo en el estilo, sino en las funciones que componen el repertorio, ahora reducido a una escasa docena de títulos. ¿Porque no ver en la cartelera convivir "Los Gavilanes" con "Las Hilanderas" o "Al dorarse las espigas" o "La Sirena" o "Bekralvaida" o "El Tambor de Granaderos" o "El amor en solfa"? Tendríamos más de diez mil títulos donde elegir.

Quizá la línea de la modernidad es más adecuada. Al menos, si no de modernidad, de cambio, de competencia, para lo cual el producto no debe ser el mismo. No debe repetirse siempre con la misma pauta, con el mismo aliciente, que quizá no es del gusto del público actual porque se concibió para el gusto de hace cien años.


¿Podemos deducir que la empresa privada tiene parte de culpa en su propia decadencia, porque quizá se ha refugiado en una "forma de hacer" que disfrazada de tradición le ha restado éxito comercial? Posiblemente. Por lógica, el espectador tradicional va perdiendo terreno frente a un consumidor veloz y dominador de tecnologías de vanguardia que inundan casi todas las parcelas del ocio. 

 

Y la pobre Doña Francisquita tiene que competir con la Play Station III vendiendo pastas en su humilde tienda de Coronado.

 

Enrique R. del Portal (julio 2007).


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