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Marina - CRITICA

 

MARINA de Arrieta

2 de febrero de 2007 - Teatro Federico García Lorca, de Getafe (Madrid).

R. Nabal, G. Blanco, L. Sintes, P. López, J. D. Bueno. Coral Polifónica de Getafe. Orquesta Sinfónica de la Compañía Lírica de Getafe. Dir: César Belda. Dir. Esc.: Pablo López.

 

            Con lleno absoluto, mérito también por ser un acto con invitación, tuvieron lugar las representaciones de Marina en el getafeño Teatro García Lorca. Unas funciones sirvieron como presentación de un ambicioso proyecto que pretende convertir a la ciudad madrileña en un centro neurálgico de la zarzuela. Si lo servido fueron los mínimos, adelante.

            No así, la escenografía de corte tradicional no correspondió a las expectativas generadas, algo que la iluminación tampoco logró suplir con gracia. Más complaciente pero sin novedades fue la dirección de escena que tuvo un ápice de salvación en Pablo López, quien a su vez tuvo que asumir la regiduría de escena y la preparación del coro, a raíz de desacuerdos entre la directiva de la compañía y su titular. Además cantó con solvencia del rol de Pascual. Ya se sabe que, a menudo, los inicios de las gestas obligan al pluriempleo de algunos.

            La Coral Polifónica de Getafe demostró entusiasmo y haber trabajado algunas partes aunque en otras denotó la falta de rodaje y afinación, siendo en conjunto irregular. La batuta del joven César Belda consiguió concertar, con brio y sin abuso de efectismos, una orquesta que sonó como tal aunque adoleció de una trompa solista poco inspirada en los preludios y de ausencia de cuerda -en especial, violines-. Esto último debido a la pequeñez de un foso que necesita ser reformado si se pretende que el García Lorca sea la sede del proyecto.

            Lo más satisfactorio fueron los solistas con momentos de considerable voltaje como el cuarteto del acto primero en una lectura que prevalió el concepto operístico de la obra, escasamente perceptible en múltiples escenarios menores. Ruth Nabal, con cuidada dicción y canto exquisito y expresivo, sorprendió a quienes creíamos que la Lucía donizettiana era un espectro de antaño. Final, pues, con la pirotecnia imitativa de la conocida aria de locura belcantista que la soprano resolvió con buenos medios tras una función que no perdonó en ascensos al agudo. También Gabriel Blanco fue partícipe de esta tendencia tradicionalista que la directiva de la compañía propugna y, si bien su emisión no es tan abierta y no fuerza como se le recordaba, su línea fue demasiado spintada para un Jorge. Luís Sintes, que con sólo el ensayo general sustituyó de urgencia a un indispuesto Toni Marsol, demostró que la veteranía y la entrega son dos cualidades sobresalientes en su trayectoria. Su Roque, al que hacia más de una década que no encarnaba, rebozó de espontaneidad -brindis- y gozó de momentos sensacionales de canto como las coplas, donde se permitió complicidad con el público.

 

Albert Ferrer i Flamarich

 


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